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Aplausos

Aplausos

Los recuerdos llegan con fuerza indestructible cuando desean estar presente. Se colocan frente a uno como una cinta cinematográfica sin omitir detalles, aunque en ocasiones somos nosotros los que realizamos cortes de edición a la cinta, dejando solamente las imágenes que deseamos ver en la pantalla gigante de nuestras mentes. Cuando ellos llegan no hay modo alguno de poderlos apartar; los asumimos con el intenso deseo de volver a vivirlos, sobre todo cuando seguimos viviendo en el mismo medio que los gestaron un día.
Eso es lo que me sucede diariamente, no puedo desprenderme de lo que ha sido parte de mi vida. O mejor dicho, mi vida. Estar debajo de esta carpa de múltiples colores, sujeta con horcones y sogas a la tierra; con sus banderas brillantes y expansivas, es parte de mi modo de respirar, es mi realización.
Desde niño recorrí campos y ciudades junto a mis padres, acompañados por animales amaestrados encerrados en grandes jaulas, cartománticas, trapecistas, traga llamas , domadores, presentadores, payasos y bailarinas. Siempre hemos sido una gran familia, grande y unida, a veces con sus celos y desavenencias propias de los artistas, pero al final una familia; la familia del circo. Aprendí desde muy pequeño la profesión de trapecista, lo soñaba en las noches, cuando todos dormían, yo soñaba con subirme al trapecio y hacer miles de piruetas en el aire, el corazón se agitaba con un revuelo de emoción que me envolvía y no me dejaba dormir. Así comenzó lo que un día se hizo realidad, después de mucho esfuerzo y practicas diarias me sentí listo para enfrentarme a mi publico del circo. Ese publico que sabe agradecer cada acto de un artista o un animal
Llego el gran día y allí estaba yo, listo para demostrar que si podía hacerlo, que por mi sangre corría el arte del circo desde muy pequeño, para volar sin alas por el espacio abierto, llegar a la punta de la carpa, desafiar la fuerza de la gravedad y realizar vueltas entre sogas y barras; y lo logre. Debute a los quince años, comenzando una carrera brillante que me llenaba de gozo y satisfacción , cada salida a la pista redonda significaba para mi comenzar a vivir. Cuando anunciaban mi numero y retumbaban los tambores, mi sangre estallaba por mis venas, un salto fuerte en el estomago se apoderaba de mi cuerpo, desapareciendo una vez que dejaba caer de mis hombros la capa azul y dorada que era parte del vestuario, logrando una seguridad absoluta en el primer contacto de mis manos con la sogas que me conducían a la alturas. Amo a las alturas, sin ellas no soy nadie, me siento pequeño, disminuido, enano, incapacitado en movimientos. Los mejores momentos de mi vida, los he pasado en ellas, cruzando una cuerda floja, haciendo un triple salto, meciendome en un columpio a muchos pies sobre las cabezas de los espectadores. Naci para el trapecio, lo supe siempre, creo que desde que venia en el vientre de mi madre, que también fue trapecista, haciendo una linda pareja con mi padre. Cuando miro las fotografías de los dos, volando como palomas que llevan el mensaje del amor se me hace un nudo en la garganta insoportable, pero a la vez crece en mi un orgullo superior.
Después de debutar aquella noche del mes de Agosto, nunca pude alejar me de mi profesión y mucho menos del circo. La perfección de mis números voló la imaginación del gran publico, rompieron el silencio de las distancias y mi nombre comenzó a conocerse a través de los periódicos de diversas ciudades. Pero eso no me creo un ego de superioridad, creo que siempre me he sentido el niño soñador que no podía conciliar el sueño mientras volaba en su imaginación.
Los aplausos son tan importantes para el artista como el agua que necesita la vida, son ellos los que nos inyectan la energía de continuar mañana, de ser mejores, de entregarlo todo, de renunciar a nuestras propias vidas sin importar los sacrificios. Una vez que experimentamos esa sensación indescriptible, ya no hay modo de dar un paso atrás, seria como enterrarnos en vida, no importa de la manera que logremos recibirlos, lo que importa es que nuestros oídos los escuchen y como un hilo conductor lleguen a nuestros corazones; el motor que nos impulsa.
Por eso hoy estoy poniendome de nuevo mi capa, pero ya no azul y dorada, sino de parches de colores llamativos. Ya no me pongo las mallas ajustadas a mi cuerpo, sino unos pantalones bombachos llenos de remiendo. Y también me estoy maquillando, pero ya no con suavidad para lograr un color parejo de la piel, ahora uso mucho colorete en las mejillas y una redonda nariz rojo-tomate supuesta sobre la mía. Llevo un gorro altísimo en la cabeza que cubre una peluca amarillo chillón , y mis manos ya no tocan las sogas desde el día de la caída haciendo un triple salto mortal, desde hace algunos años. Ahora llevo globos de colores en ellas y me sacan a la pista redonda montado en una silla de ruedas. Pero no importa yo estoy ahí, donde quiero estar; y cuando salgo escucho las risas de niños y mayores, pero lo mas importante: ! Los aplausos!, los divinos aplausos que me mantienen vivo. Cuando la luz de los reflectores bañan mi rostro, miro hacia arriba buscando las alturas.